miércoles, 9 de septiembre de 2026

¿Matarlos a todos?

Noticias recientes de Colombia indican que retrocedimos en el tiempo, regresamos a las épocas donde la muerte se celebra, donde los muertos son un trofeo, donde los poderosos sienten que pueden pasar por encima de las personas, de la vida, de los principios, valores y normas fundamentales. Y ahora parece que es peor, porque se invoca el nombre de Dios y el nombre de Jesús Cristo Rey, para legitimar las atrocidades. Es algo macabro y al mismo tiempo es una farsa de manipulación mediática y política, tal como se titula una columna de Daniel Coronel (copia aquí en PDF).

Entonces recordé un libro de hace varios años, en los tiempos del plebiscito por la paz y quiero transcribir aquí las primeras páginas y dejar la fotografía de esas páginas:

Del libro ¿Cómo mejorar a Colombia? - 25 ideas para reparar el futuro, editado por el profesor Mauricio García Villegas. Capítulo 7: Imaginación y Memoria - Juan Gabriel Vásquez

"En cierta ocasión, alguien me preguntó para qué servía escribir novelas sobre un pasado doloroso. ¿No sería mejor, como dicta la sabiduría popular, dejar el pasado quieto y seguir adelante? Empeñarse demasiado en recordar viejos conflictos, ¿no nos vuelve incapaces de superarlos? Recordé a David Rieff, un gran ensayista que ha vivido de primera mano varios escenarios de guerra civil y ha con- cluido en ensayos magníficos que las violencias presentes son muchas veces producto de la terca memoria: recordar es revivir el rencor, y revivir el rencor es abonar el terreno para la venganza.

Ahora que Colombia se enfrenta al reto inverosímil de la reconciliación, me doy cuenta de que no pasa un día sin que me haga estas preguntas. ¿Qué es más conveniente, el olvido de mutuo acuerdo o el empeño memorioso? Y no pasa un día sin que llegue, por caminos diversos, a la misma conclusión: no hay, no puede haber reconciliación genuina, sin un esfuerzo común por saber -hasta donde pueda saberse- qué nos ha pasado en estos últimos cincuenta años. Eso, contar el cuento de este medio siglo, es lo que intenta mucha gente en estos momentos: los políticos de izquierda, los políticos de derecha, el Gobierno, la guerrilla, la Iglesia, los periodistas y los historiadores. Y así debe ser, por supuesto, porque una democracia de verdad, una democracia que funcione, es entre otras cosas un debate civil entre las distintas versiones de nuestro pasado común. En otras palabras, lo que hacemos en democracia puede verse desde dos ópticas. Por un lado, se trata de construir un espacio en el que varias versiones distintas de nuestro pasado sean válidas y puedan defenderse: aceptamos que la experiencia de la guerra contada por un campesino es distinta de la experiencia de la guerra contada por un habitante de las ciudades; aceptamos que una víctima de la guerrilla cuenta una historia de guerra radicalmente distinta de la que cuenta una víctima del paramilitarismo o de los crímenes de Estado. Por el otro, se trata de negociar una versión de nuestro pasado, una sola pero amplia y suficiente, una versión generosa y abarcadora con la que todos los ciudadanos podamos sentirnos identificados, en la cual todos los ciudadanos podamos reconocernos. Sin esa diversidad que es hija de la tolerancia, sin esa versión común de nuestro pasado -que nunca es perfecta, que siempre estamos negociando- no hay futuro posible. Ni reconciliación tampoco.

Y es aquí donde entran los novelistas. La novela tiene su propia versión de lo ocurrido, pero es una versión única y además insustituible porque no ocurre en el terreno de los hechos visibles, sino en el de los invisibles: la moralidad, las emociones, las memorias secretas e inconfesadas. Para comenzar a entender nuestra experiencia como país, me parece, imprescindibles los relatos que contamos desde la historia, el periodismo y las ciencias sociales; pero sin la ficción, sin las maquinarias de esas narraciones capaces de vernos por dentro, capaces no solo de contarnos lo que le ocurrió al otro sino de permitirnos imaginarlo y compadecerlo (compadecer, como se sabe, es sufrir con alguien), esa posible comprensión queda incompleta, como un mapa con una zona en blanco. Acerca de nuestros últimos cincuenta años de guerra, solo la novela puede contarnos lo que esas violencias le han hecho a nuestra frágil condición humana. Solo la novela puede mirarnos por dentro y contarnos lo que la guerra le ha hecho a eso que, a falta de mejor palabra, podemos llamar el alma. Y ninguna reconciliación es posible entre gente que no conoce los resquicios del dolor ajeno o que no tiene palabras para explorar y defenderse de los dolores propios. “La ficción”, me dijo una vez un gran novelista, "distribuye el sufrimiento". No hay reconciliación posible sin memoria. Y hay memorias que emergen en los relatos de la historia y del periodismo; pero hay otras que ni el periodismo ni la historia pueden contar: son las memorias de nuestra intimidad humana, que es lo que más se daña cuando se sufre la violencia.

Tampoco hay reconciliación posible sin imaginación. El escritor israelí Amos Oz, que ha conocido durante décadas ese conflicto sin salida que ocurre en su país, cuenta una anécdota que una vez le contó su amigo y colega Sammy Michael. Un día, en un taxi, Michael oyó al taxista decir que la única solución para el conflicto árabe-israelí sería que los israelíes exterminaran uno por uno a todos los árabes. "Cada uno de nosotros debería matar a algunos", dijo el taxista. En lugar de indignarse Michael optó por un método que no había intentado antes: el método de la imaginación. Le pidió al taxista que imaginara el momento en el que llega a matar a su primera víctima. Resulta que es una mujer. No importa: el taxista la mata. Luego resulta que al fondo del apartamento llora un bebé. "¿Mataría usted al recién nacido?", preguntó Michael. Aquí el taxista lo interrumpió. "¿Sabe?", le dijo. "Es usted un hombre muy cruel". 

Los fanáticos, dice Oz, son gente que no tiene imaginación. Cuando se les obliga a imaginar al otro, a ir un paso más allá en la imaginación de una vida ajena, se abre una grieta en el fanatismo. Eso, dice Oz y digo yo, es lo que hacen las novelas: nos obligan a imaginar con atención al otro, a percatarnos de la vida que carga consigo, de la cadena de hechos que lo han puesto donde está. En las ficciones corremos el riesgo de entender a los otros, y entendernos, creería uno, es el primer requisito para reconciliarnos. 

Entre esos dos polos, la imaginación y la memoria, se mueven las historias que nos contamos.

Ahora intentaré ahondar en esto..."

La consigna vuelve a ser la guerra, la muerte, asesinarlos a todos, "por la razón o por la fuerza", "a lo que dé"... ¡Qué falta de memoria e imaginación!

Ojalá el milagro de esta "patria" que están "refundando" no sea sobrevivir a tanta maldad en nombre de Dios. Recordemos la escritura:

"Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces" Mateo 7:15

Aquí dejo las fotografías de esas páginas de ese libro:






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