lunes, 3 de agosto de 2020

Lo sagrado no son las instituciones, lo sagrado son los seres humanos

La paz es un sueño de muchos colombianos, pero sin la verdad ese sueño se convierte en una pesadilla que nos enfrenta en una guerra a muerte entre unos y otros. Ningún problema se resuelve negándolo y ocultando la verdad.

La semana pasada los militares entregaron un informe a la Comisión de la Verdad, pero su informe insiste en una verdad a medias, insiste en legitimar  las ilegalidades de la guerra a manos de políticos, empresarios y fuerzas armadas legales en alianza con mafias y grupos ilegales.

El padre Francisco de Roux respondió con un discurso maravilloso que quiero transcribir aquí:


Fuente https://www.youtube.com/watch?v=MpoVAA5hjDk&feature=emb_logo
General Eduardo Zapateiro, general Óscar Tovar, general Javier Ayala, demás altos mandos militares, miembros de las fuerzas del Estado y miembros de otras organizaciones del Estado, alto consejero de paz Dr. Miguel Ceballos, Luz Marina Monzón y Patricia Linares, presidentes de la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas y de la Jurisdicción Especial para la Paz, y sobre todo ustedes, soldados víctimas de crímenes de guerra y de crímenes de lesa humanidad.

Apreciado general Zapateiro, le agradezco las palabras de reconocimiento y respeto con que usted se ha dirigido a los miembros de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad y a mí mismo.  Créame que he escuchado con suma atención sus palabras cuando nos pide que insistamos en la escucha amplia a todas las partes, que procuramos todos los días, y nos invita a confiar en la voluntad del Ejército, y de todas las familias del Ejército, a contribuir a la verdad y la paz.

Con el respeto que se merecen los aportes de ustedes, recibo, como Comisión de la Verdad, los textos que concluyen un amplio trabajo del DATRA, desde las diversas divisiones del Ejército Nacional. Los uno a los estudios que yo mismo he estado analizando: el informe Génesis, los cuatro libros sobre La Verdad Herida y el reciento texto de los soldados secuestrados de Miraflores.

Le pido que me permita hablarles a ustedes con el respeto que se merecen como Ejército de nuestro Estado y como hombres y mujeres que entregan la vida por los colombianos, y al mismo tiempo con la franqueza a que nos obliga esta tarea por la verdad que compartimos, como usted nos ha dicho.

Recibimos estos estudios preparados cuidadosamente desde las diversas divisiones, y los acogemos desde el lugar sagrado de las víctimas de todos los lados. Hoy, con el dolor que nos entrega Diego Ignacio, que acaba de hablarnos, arrebatado de su pierna y en presencia del dolor de miles de soldados, los recibimos al lado de las comunidades golpeadas por la economía ilícita, el desplazamiento, los afectados por la bomba en Puerto Toledo, la barbarie de Puerres, la bomba de Fortul, que ustedes nos entregan al tiempo que nos entregan las trasformaciones institucionales positivas. Tengo también presentes a los campesinos de la masacre de El Salado, de la masacre de Bojayá, de Mapiripán y de Mitú, de las madres de Soacha, de los indígenas de Toribío y los sobrevivientes de Machuca, de las masacres de Barrancabermeja, San Pablo y Río Viejo, de La Gabarra, presentes a los sindicalistas asesinados y las familias de los concejales de Rivera, las familias de los miembros de la Asamblea del Valle del Cauca, y los nombres de los niños que fueron llevados a la guerra y de las mujeres abusadas, y el nombre también de los soldados y sus familias, y de los exguerrilleros y sus familias, todas y todos víctimas de crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad.

Recibo estos documentos, repito, en nombre de lo sagrado de todas las víctimas. Y déjeme decírselo de corazón desde mi tarea y la de los comisionados: lo sagrado no son las instituciones, ninguna; tampoco El Vaticano, donde está el papa Francisco; tampoco el Ejército ni la grandeza militar del military mighty, del Pentágono de los Estados Unidos; ni lo sagrado son las grandes empresas como Ecopetrol. Lo sagrado, como lo acaba de decir el soldado Diego, es el ser humano. Y la gran manifestación de lo sagrado, el gran desafío de nosotros y de ustedes, está cuando ese ser humano ha sido destruido por nosotros mismos en el ser humano victimizado, desde cualquier parte. Esta es la causa grande, de todos los grandes ejércitos del mundo.

Y hoy, que ustedes nos entregan un libro sobre las transformaciones positivas institucionales, los invito, simplemente como ciudadano colombiano, a seguir el ejemplo del papa Francisco y del cardenal Rubén Salazar, cuando ante el abuso de niños por centenares de sacerdotes dijeron “no son manzanas podridas; es una enfermedad del cuerpo de la Iglesia”. A partir de ese momento se cambió el comportamiento de la Iglesia: no se defendió más a los sacerdotes perpetradores cambiándolos de lugar u ocultándolos; se defendió a las víctimas, a los niños, y a los perpetradores la misma Iglesia los entregó no a la justicia eclesial del derecho canónico, sino a la justicia civil y a la cárcel civil. Porque lo sagrado no es la institución –por eso digo que no es El Vaticano–; lo sagrado son las personas. Y en la victimización que destruye la dignidad de una persona se vulnera directamente a Dios.

La protección de la legitimidad de mi institución por encima de las víctimas nos confunde. De cualquier institución. Una institución no es divina, un ser humano sí, y más cuando es victimizado. Y no podemos decir que la institución es buena y que corporativamente no puede ser juzgada porque su doctrina y sus normas son buenas. El papa lo dijo en la Iglesia: “tenemos en la Iglesia reglas perfectas, el código moral de Jesucristo, pero hemos fallado como institución, no son manzanas podridas”.

El papa no solo sacó del sacerdocio a importantes sacerdotes y religiosos, sino que les quitó a obispos su dignidad de obispos, y finalmente bajó de cardenal elector del papa, de arzobispo, de obispo e incluso de sacerdote a Theodore McCarrick, el más importante hombre de la jerarquía eclesiástica de los Estados Unidos, el cardenal arzobispo de Washington, el gran amigo del Pentágono, de los grandes empresarios católicos y de los grandes miembros del Congreso. Hoy en día McCarrick ni siquiera es sacerdote ni diácono, nada, porque había abusado de unos niños. Y hemos visto a diócesis enteras quebrarse, respondiendo corporativamente a la victimización que hicieron sacerdotes.

Ninguna institución, ningún grupo político puede protegerse de responsabilidad corporativa ante graves faltas morales de alto nivel repetidas entre sus hombres. No puede la institución decir que no es responsable porque sus leyes lo impiden. No vayan a hacer ustedes, el Ejército de nuestra patria, lo que hace las FARC cuando dicen que ellos como FARC no han vinculado a niños a la guerra porque en ninguna doctrina de las FARC dice que se vinculen niños. Yo quiero que el Ejército de mi país tenga la misma grandeza moral de la Iglesia.

Créame que estamos recibiendo con toda seriedad, y con el mismo propósito de un diálogo muy a fondo, los distintos estudios y documentos que nos han entregado. Pero igual que nosotros, cuando estamos trabajando la verdad, quiero pedirles, porque ustedes tienen la información del conflicto que nadie tiene, que al lado de los estudios sobre las víctimas militares de tantos soldados que fueron violados por crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad, y al lado de los estudios voluminosos y serios que nos han entregado sobre las violaciones y los actos de guerra producidos por las FARC, hagan también ustedes estudios a fondo sobre la actuación de la otra parte del conflicto, que ustedes bien conocen. Me refiero a estudios sobre las Autodefensas Unidas de Colombia, el Bloque Central Bolívar y las demás formas de autodefensa y paramilitarismo. Si ustedes lo hacen, eso acrecentaría la importante credibilidad de nuestro Ejército.

Y quiero pedirle, y sé que usted lo acoge, que sé quién es usted; lo he visto actuar así, que con la misma grandeza con que tratan a los soldados víctimas –que todos debemos tratarlos así– y a sus familias, por supuesto, víctimas ellos de las FARC y de las otras guerrillas, con la misma grandeza acojan con respeto, con dolor y decisión de reconciliación, a las víctimas de las instituciones del Estado y de sus Fuerzas Armadas. Así, ustedes serán, como lo desean, y como están mostrando que quieren serlo, de la manera más sincera, el Ejército de la Paz de Colombia.

He querido hablarle con el corazón, porque sé que usted es un hombre grande, que sabe recibir estas cosas con la misma altura.